La patente de la vida

logo wp correoLa pregunta de quiénes somos la responde nuestro genoma. Cada ser vivo es como es por su genoma. En las plantas esas instrucciones vitales están registradas en más de 25.000 genes; cambiando, incorporando o quitando uno sólo de ellos se pueden hacer plantas a la carta como resultado de la biotecnología: las plantas transgénicas, los organismos modificados genéticamente (OMG), que son además los únicos seres vivos sobre los que se puede registrar una patente, como bien saben las grandes multinacionales dedicadas a esta industria de la alimentación globalizada y en especial Monsanto, la gigante de los transgénicos que ha logrado que en Andalucía siga aumentando la superficie dedicada al cultivo de una de sus joyas de la corona: el maíz transgénico MON810. Según datos presentados recientemente en el Parlamento andaluz, Andalucía dedica 10.000 hectáreas al cultivo de maíz transgénico y en los últimos dos años todas las provincias han aumentado la superficie dedicada a este cultivo modificado genéticamente llegando a multiplicar por tres la superficie dedicada al maíz transgénico.

Los defensores de los transgénicos sostienen que las utilidades de la biotecnología son múltiples: por ejemplo, para los celíacos eliminar en el trigo las proteínas que producen la reacción alérgica, les puede permitir volver a comer pan con gluten. Las grandes industrias de transgénicos van más allá y aseguran que con esta tecnología se podrán mejorar las producciones agrícolas y hasta acabar con el hambre en el mundo. Pero lo cierto es que hasta ahora esas promesas de un mundo mejor no se han cumplido y los transgénicos sólo sirven más que para engordar la cuenta de resultados de empresas que venden estos OGM.

 

Donde más se dirigen estas modificaciones genéticas es contra las plagas. Cambiar uno o dos genes puede hacer inmune a una planta frente a determinados parásitos. Los detractores de los transgénicos alertan de que esa inmunidad es sólo transitoria, porque las plagas también mutan de manera natural para sobrevivir y se pueden convertir en superplagas. Los ecologistas alertan también de los riesgos de contaminación genética, un nuevo tipo de amenaza hacia el medio ambiente que se produce cuando las plantas transgénicas se cruzan accidentalmente con las que no lo son.

Pero donde más temor hay es en los posibles efectos sobre la salud. La FAO apunta informe sobre repercusiones de los transgénicos sobre la salud y el medio ambiente que todavía hay “lagunas de conocimientos” en el mundo científico sobre los OGM y alerta de que “aunque no haya pruebas de efectos negativos, ello no implica que los nuevos alimentos transgénicos no impliquen riesgos”. “Los científicos reconocen que no se sabe lo suficiente sobre los efectos a largo plazo”, apunta el organismo internacional de la ONU para la alimentación en su informe.

Pero el efecto negativo que sí es ya medible de los transgénicos es que el 70 por ciento de la biodiversidad agrícola se ha perdido por la implantación progresiva de OGM. Cada vez hay menos variedades de cultivos y, lo que es más alarmante, las semillas transgénicas que van ocupando el lugar de las que antes eran muchas variedades, tienen dueño.

Mientras, en Europa hay ya ocho estados que se han bajado completamente del carro de los transgénicos: Bélgica, Gran Bretaña, Bulgaria, Francia, Alemania, Irlanda Polonia y Eslovaquia, que prohíben el cultivo de OGM en sus países. El pasado mes de julio, ante la presión social y política, Monsanto acabó retirando todas las peticiones de nuevos cultivos transgénicos en la UE. Sin embargo, en España la tendencia es la contraria: cada año se amplía el número de hectáreas dedicadas al cultivo de transgénicos. Según datos de Amigos de la Tierra Europa y Greenpeace, más del 85 por ciento de maíz transgénico MON810 se cultiva en España y según el PP andaluz, un 25 por ciento de los agricultores que cultivan maíz en Andalucía han optado por esta semilla transgénica con patente de uso de los aprendices de brujo agrícolas de Monsanto, que están logrando que Andalucía se convierta así en su rincón de Europa para la experimentación.

La batalla por librarse de los transgénicos

En Europa el movimiento de municipios y regiones libres de transgénicos ha ido ganando adeptos y aunque no tenían competencias para prohibir un cultivo, sí ha servido para promover modelos más sostenibles en su municipio o prohibir alimentos con transgénicos en las dependencias municipales. De hecho, según datos de la FAO, siste de cada diez europeos se muestran contrarios a los transgénicos.

En Andalucía la Plataforma Andalucía Libre de Transgénicos es la que ha liderado esa lucha ecológica consiguiendo impedir en Andalucía que los cultivos transgénicos se desarrollen en espacios naturales y en zonas con una producción ecológica relevante. El siguiente paso: lograr una moratoria para productos transgénicos en Andalucía, que no ha sido aún conseguida pese a que forma parte del programa de Izquierda Unida en el Gobierno andaluz, partido que presentó recientemente una Proposición No de Ley en el Parlamento andaluz en cuyo debate quedó de manifiesto la falta de apoyo de sus socios de gobierno (PSOE), que se agarra a que Andalucía no tiene competencias y que el rumbo lo marca la Unión Europea; y la fervorosa oposición del PP, que sostiene que el maíz transgénico reporta un beneficio a los agricultores de 95 euros por hectárea.

En otras comunidades como la Valenciana, el parlamento regional ha prohibido cultivos transgénicos que tenían el visto bueno del Ministerio de Agricultura, demostrando que una Comunidad Autónoma sí tiene margen de maniobra.

Camuflados en los alimentos

Según las organizaciones ecologistas, al menos el 70 por ciento de los alimentos industriales contienen derivados de maíz y sojas transgénicas. Almidones, lecitina de soja, lecitina… son todos productos que puedes encontrar en un yogur, en  una tableta de chocolate, en una pizza…

La actual legislación obliga a etiquetar todos aquellos alimentos que contengan derivados de transgénicos en un porcentaje superior al 1 por ciento. Cuando se trata de alimentos compuestos por más de un ingrediente, en la etiqueta tiene que aparecer el producto transgénico con el texto entre paréntesis: «modificado genéticamente» o «producido a partir de [nombre del ingrediente] modificado genéticamente».

Pero el etiquetado sigue presentando lagunas informativas porque el maíz transgénico más usado no se usa para consumo humano, sino para alimentación de ganado, y su carne (que es la que se comercializa) no tiene que indicar que ha sido producida con transgénicos. En otros casos se recurre a numeraciones que camuflan así el uso de transgénicos.

Reportaje publicado en la edición impresa (6-1-2013) de EL CORREO DE ANDALUCÍA y en su versión digital http://blogs.elcorreoweb.es/ecoperiodismo/2014/01/06/la-patente-de-la-vida/

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Author: RICARDO GAMAZA

Periodista ambiental desde hace dos décadas en prensa, radio, televisión y blogs. Productor y director audiovisual independiente, escritor y guionista. Escribo periódicamente sobre ecología para Diario Público, Huffington Post, Consumerismo, El Correo de Andalucía, Magacink y Quercus.

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