La invasión de las exóticas

El mercado de animales de la calle Alfalfa (Sevilla) en la década de 1990. Fotografía de archivo de El Correo de Andalucía. Autor Antonio Acedo.

La céntrica calle Alfalfa de Sevilla era hace décadas un verdadero zoo urbano en el que se daban cita todas las personas que querían vender o comprar un animal de compañía. Serpientes amarillentas, camaleones multicolor y manadas de cachorros, acompañando el cántico desordenado de aves de todo tipo compusieron durante años la sinfonía ruidosa de los domingos de esa calle histórica de la capital hispalense. Un desorden urbano que acabó por prohibirse para tratar de regular la compra y venta de animales de compañía que había desatado la invasión de especies exóticas, un problema ambiental que cuesta 12.000 millones de euros al año según la Agencia Europea de Medio Ambiente. 

Una de esas especies invasoras que muchos niños compraron en la calle Alfalfa, era la tortuga de Florida (Trachemys scripta), un galápago que se convirtió en la mascota más comercializada durante años, debido a su comodidad para mantenerlo en las casas. Sin embargo, esta simpática tortuga tiene el dudoso honor de ser una de las 100 especies exóticas más dañinas del mundo según la Comisión de Supervivencia de Especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). La tortuga de Florida ha acabado, literalmente, con las tortugas autóctonas en todos los estanques y lagunas que ha colonizado, haciendo alarde de una agresividad y voracidad sin rivales. Hoy ya no es posible comprar uno de estos galápagos en las tiendas de mascotas, está prohibida su venta desde que se publicó el Catálogo de Especies Exóticas Invasoras, regulado por Real Decreto en 2013. 

Pero en este tiempo la invasión de especies exóticas se ha consolidado no sólo en los estanques, donde una ‘mala educación’ ambiental ha llevado a muchos dueños de mascotas a dejar en libertad sus animales una vez les resultaban incómodos, sino que se ha extendido por tierra, mar y aire. Y no hace falta salir a plena naturaleza para ver la colonización. Entre las aves urbanas una de las que más se deja oír es la cotorra de Kramer, una de las más de 20 aves exóticas que se han establecido permanentemente en España, según la Sociedad Española de Ornitología (SEO), que critica una situación insostenible ambiental que ha puesto en peligro al nóctulo gigante (Nyctalus lasiopterus), que reside en las oquedades del Parque de María Luisa y que está siendo atacado, según la Estación Biológica de Doñana por estas pequeñas cotorras. Sin embargo, aunque el Ayuntamiento de Sevilla optó por tirotearlas al principio, después ha reconsiderado esta solución final y ha optado por su captura. Paradójicamente la ‘invasión’ de cotorras la originó el propio Ayuntamiento al liberar hace años a los primeros ejemplares capturados para “darle color” al cielo sevillano. Un error que ahora costará más de 160.000 euros subsanar.

Menos peligrosas pero más incómodas son otras invasiones con las que hemos tenido que aprender a convivir. Es el caso del mosquito tigre (Aedes albopictus), otra de las 100 especies más dañinas catalogadas por la UICN, que llegó a través del comercio de neumáticos usados y colonizó prácticamente todo el territorio nacional, y cuya dolorosa picadura persiste mucho más que la de nuestro mosquito autóctono.

En otros casos la invasión no es ni ruidosa como con las cotorras, ni dolorosa, como con el mosquito tigre. Se trata de árboles bajo cuya silenciosa sombra no crece nada, como el eucalipto, usado para desecar marismas en los años 60, o la falsa acacia (Robinia pseudoacacia) muy usada en Madrid por su rápido crecimiento. Especies que han desplazado y eliminado gran parte de nuestra arboleda autóctona porque colonizan el subsuelo acaparando agua y nutrientes con sus profusas y extensas raíces.

Los ríos tampoco están ajenos a estas invasiones. Hace año, en el río Hozgarganta, en la provincia de Cádiz, los investigadores del Grupo Aphanius de la Universidad de Córdoba detectó un pequeño pez, de nombre Pseudorasbora parva, que en otros países como Gran Bretaña es una plaga que ha arrasado la biodiversidad de los ríos. Esta especie es capaz de dejar sin otro poblador que no sea ella en el río al que llega en apenas un par de años. La Pseudorasbora parva esra la guinda de un amargo pastel que se lleva años cocinando, como constataron en una publicación científica estos expertos en peces de la Universidad de Córdoba, donde indicaban que cada dos años y medio se instala una nueva invasora en el Guadalquivir, de manera que ya hay más especies exóticas que autóctonas en el río vertebral de Andalucía… hasta siluros, que empiezan a ser comunes en muchos ríos de toda España: peces de tamaño desproporcionado para nuestros ríos Mediterráneos y una voracidad desenfrenada. Lo saben muy bien en el Ebro, donde los curiosos acuden a ver como los siluros tratan de comerse las palomas de la orilla, como si el antiguo mercadillo de animales de la calle Alfalfa hubiese saltado al río para transformarse en una historia fantástica… un cuento que se sigue escribiendo con la lenta e inexorable extinción de nuestras especies autóctonas.

Publicado originalmente en 

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Author: RICARDO GAMAZA

Periodista ambiental desde hace dos décadas en prensa, radio, televisión y blogs. Productor y director audiovisual independiente, escritor y guionista. Escribo periódicamente sobre ecología para Diario Público, Huffington Post, Consumerismo, El Correo de Andalucía, Magacink y Quercus.

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